Cosas así, de esta cotidianidad eran nuestras únicas preocupaciones. Nico se había acostumbrado a mí de tal forma, que terminó aceptando mi manera de ser, admitía mis silencios para reservar mis sentimientos, aunque ella sabía muy bien cuales eran, como también sabia que en mi doctrina particular, no cabía el mandamiento de engañarla. Nunca se me paso por la imaginación ni un mal deseo y ella lo sabia, muy discapacitado tendría que ser yo, para poner los ojos en cualquier otra persona teniendo en casa, como yo entendía, a la mujer mas maravillosa en todos los sentidos que había visto en mi vida, y de la que seguía enamoradísimo como el primer dia que la vi. Ella igualmente a mi me admiraba, nunca había dado yo motivos para esa fascinación que ella sentía hacia mi, pero me consta, y Precisamente en la confianza que teníamos recíprocamente, se basaba una gran parte de la serenidad que necesitábamos para ser felices.
Aquella época coincidió con unos ligeros retoques de personal en mi empresa que implicó mi traslado a las oficinas del aeropuerto, y aunque naturalmente respetaron la categoría de la que disponía, de momento este hecho me intranquilizó algo al estar yo ya muy identificado al trabajo que venia desempeñando desde hacia casi quince años en el centro de telecomunicaciones, e ignoraba como podria responder en mi nuevo destino. Poco duró mi zozobra en este aspecto, pues no solo fui muy bien recibido por mis nuevos compañeros, si no que me ayudaron muchísimo para que resultara más fácil mi adaptación al nuevo cargo
El ambiente que encontré en el aeropuerto, era muy distinto al que yo estaba acostumbrado a vivir en las oficinas de la ciudad, mientras era ponderado y sistemático este, me pareció desmedido y casi anárquico aquel hasta el punto, que no tuve inconvenientes para acomodarme a la nueva situación en moldear superficialmente mi forma de ser, dentro de lo que yo podía considerar permisible, simplemente tuve que mostrarme mas extrovertido de lo que yo era, pero nunca cambié mi forma de pensar.
El cambio de destino, supuso así mismo un cambio radical en el tipo de trabajo a realizar, por lo que tuve que adaptarme a los nuevos métodos y funciones que me fueron asignados como supervisor de rampa y control de carga, y para ello, la empresa comenzó a mandarme a cursillos de adaptación en la sede central en Zúrich y fue durante eso año cuando empecé por este motivo a viajar con cierta frecuencia, ya que durante los largos quince años que estuve en las oficinas de la ciudad solo asistí a un cursillo, fue con motivo de mi promoción a jefe del centro de Telecomunicaciones, y era un curso de preparación a nuevos jóvenes supervisores.
Me viene ahora a la mente, una ocasión que debía hacer un cursillo de dos semanas de duración, se trataba de ponerme al dia en tarifas de carga aérea. Tras la primera semana, el viernes como era norma y tras la ultima sesión del dia, regresé a casa a pasar el fin de semana con los míos aunque tendría que continuar el lunes, algunos compañeros sin embargo, bien porque asistían desde mas lejos o incluso porque residían en los alrededores, permanecían en Zúrich.
Pasé tranquilo con mi familia el corto fin de semana, y el domingo después de tomar un ligero almuerzo, me personé en las oficinas de mi empresa en Barajas con la intención de tomar el vuelo para trasladarme de nuevo a Zúrich y continuar con la segunda parte del cursillo. Cuando llegué al aeropuerto sobre las dos de la tarde, me encontré con que el vuelo estaba completo, y no tuvieron mis colegas, mas remedio que dejarme en tierra. Este hecho no me preocupó, pues por un lado estos casos eran hasta cierto punto habituales y por lo tanto, riesgos que la empresa asumía y no nos lo tenia en cuenta si por esta causa nos perdíamos alguna sesión, por lo que muy al contrario, me alegré que por motivo ajeno a mi, tener que quedarme en Madrid y así poder aprovechar ir al futbol. Puedo recordar que se jugaba ese mismo domingo, en el estadio Santiago Bernabéu, un partido de liga entre el Real Madrid y el Sevilla, partido que hubiera tenido que perderme si la casualidad no hubiera decidido que por estar el vuelo completo, hube de quedarme en Madrid hasta la mañana siguiente. Llamé a Nico desde el mismo aeropuerto, y le comuniqué lo que pasaba y que por tanto había decidido ir al futbol, ella accedió como siempre de buen grado, así que dejé mi maleta en mi despacho del aeropuerto para no tener que ir cargado con ella y me dispuse para irme directo al estadio.
A la mañana siguiente lunes, yo ya estaba en el aeropuerto de nuevo dispuesto a tomar el vuelo de las ocho. Esta vez no hubo problema y embarqué como tenia previsto. Llegué a Zúrich alrededor de las once ya que este vuelo, hacia escala en Ginebra.
La capital Suiza, me recibió clara y fría con la luminosidad que origina la helada nieve sobre las limpias y serenas aceras de sus amplias avenidas en una mañana soleada de crudo invierno. A pesar de lo desagradable de la temperatura, la mañana invitaba al paseo, por lo que me decidí desde el mismo aeropuerto y sin pasar por el hotel, con mi maleta en ristre, dirigirme andando al edificio en donde Swissair tiene la escuela para empleados.
El centro de instrucción para el personal, es un edificio de estructura moderna construido ex profeso para este menester, y que además de las respectivas aulas, dispone de otras varias instalaciones que completan el complejo educativo de la empresa, como los despachos de los correspondientes instructores o las salas de “relax” donde los cursillistas podíamos tomar un café o cualquier otra bebida, desde luego no alcohólica, que sacábamos por medio de monedas de las maquinas expendedoras allí instaladas. Conjuntos de mesas y sillones perfectamente emplazados, se encontraban alrededor de la amplia sala circunvalando las paredes, mientras en el centro de la misma, podías disponer de mesas altas, para aquellos que quisieran permanece en pie durante los cortos “breaks”, que para estar tediosas sesiones, se hacían de hora en hora durante los cursos. El edificio también disponía además del correspondiente centro medico siempre a disposición de cualquier empleado que lo solicitase, de un amplio comedor y varias salas de estudio. Los sótanos estaban habilitados como “parking”. Este edificio, esta situado en una zona muy cercana al aeropuerto, por lo que permite que en una corta caminata de unos diez minutos puedas presentarte en el.
Llegue tranquilo pero expectante, me había perdido la sesión de la mañana y debería por medio de los compañeros que había tenido la semana anterior, tratar de ponerme al dia sobre lo que se había tratado y analizado durante mi ausencia. Me dirigí directo al aula que me habían asignado previamente y como esperaba, pues sabia que era la hora de la comida, me la encontré vacía. Las rectangulares mesas, aptas para cuatro personas cada una, alineadas en cinco filas a lo largo de la luminosa habitación, estaban repletas de libros y apuntes de forma desordenada. Los respectivos letreros con los nombres de los ocupantes, era lo único que no había sido tocado, y permanecían en su situación original. Desde la puerta aun, empecé a leer los letreritos con el fin de encontrar mi nombre en uno, y de esta forma asegurarme que estaba en el aula correcta. Antes de ver el mio, ya me había cerciorado, al comprobar que aunque algunos eran desconocidos, otros muchos, correspondían a compañeros que habían pasado también conmigo la primera semana. Por fin en la primera mesa, la mas cercana a la mesita del instructor, descubrí el sitio reservado para mi, un marco en el borde superior de la mesa con mi nombre impreso en el, confirmaba ya sin lugar a dudas, que ese era el lugar que se me había asignado. Pasé, me instalé en mi pupitre y me dispuse a esperar el regreso del resto de los alumnos.
Saqué mis libros y los apuntes que tenia de la semana anterior, los esparcí encima de mi mesa y comencé a fisgar entre las notas mas a mi alcance que otros compañeros habían tomado y dejado sobre la mesa esa misma mañana antes de ir a comer, mientras iba copiando los apuntes que a mi me parecían mas interesantes, me iba fijando a quien podrían pertenecer mirando el cartelito de la persona que debería estar sentada a mi derecha y a la que con toda posibilidad pertenecerían las notas que estaba copiando, por si eran de algún conocido de la primera semana. Me llamó la atención el nombre que vi escrito y lo relacioné con alguien posiblemente de ascendencia española, y aunque no me extraño, pues son varios los españoles que podrían asistir a ese mismo curso, bien por trabajar en Zúrich, bien porque al igual que yo hubieran tenido que asistir de cualquier otra delegación en España, si me alentó el saber que si tenia necesidad de preguntar algo a la vuelta de estos, quizás podria hacerlo en mi propio idioma en lugar de en ingles, que era el idioma oficial del curso.
Al poco rato comenzaron a regresar los que se habían ausentado para la comida, iba saludando a los compañeros con los que había pasado la semana anterior y presentándome a los que para mi, eran nuevos. Tras dar las explicaciones pertinentes del porqué de mi retraso al instructor, comenzó la sesión de la tarde.
Yo ya había olvidado que la persona que tenia a mi derecha, “Segui” de apellido, podria ser de ascendencia española, pues no me resultaba conocida y me centre en preguntar en ingles a mis compañeros anteriores, para lo cual, al estar yo en la primera mesa, tenia que volverme hacia ellos. Una de las veces que estaba preguntando a alguien que estaba por detrás de mí, oí en perfecto español que decían:
-Si quieres saber algo, puedes preguntarme.
Sorprendido me volví a mi posición natural y vi a la compañera que estaba a mi lado. Una joven de unos treinta años de rasgos notablemente mediterráneos y muy bien proporcionada.
Me gire hacia ella y con una cordial sonrisa le agradecí su decisión
-Gracias. –Le dije, -¿Eres española?
La pregunta parecía tan evidente, que casi me avergoncé de tanta simpleza. Pero para aliviar esa sensación de estupidez que me embargaba, reaccione de inmediato con otra pregunta que obviara la anterior.
-¿Eres valenciana? –conocedor de que el apellido Segui era de esa zona.
-No, soy alicantina, -Contestó escueta.
-Bueno de la zona me refería.
Ella asintió con una leve sonrisa.
Durante el primer “break” dirigiéndonos en grupo para ir a tomar café a la sala que teníamos una planta por debajo, la compañera que en clase tenia a mi derecha se me acercó.
-Hola soy Amalia. –Dijo al tiempo que extendía su mano.
Mientras correspondía al saludo que me ofrecía, me esmeré en examinar a la mujer que tenia delante.
Era joven de melena castaña ondulada y ojos rasgados y profundos, vestía un compuesto de traje de paño, y camisa blanca. Todo su porte manifestaba su interés por no significarse, pero su fuerza y especial belleza, hacia fracasar su intención.
-Hola, me llamo Alfredo -Le contesté cortes.
-¿Vienes de Madrid. –Dijo ella.
-Si, si claro.
En pocos instantes y sin habérmelo yo propuesto pero también sin hacer nada por evitarlo, hicimos una relativa amistad, que supongo así mismo, fue propiciada por la unión del idioma, ya que este lazo, fundamentalmente en el extranjero, es una de las cosas que mas unen.
-Charlamos durante el “break” y se ofreció para al terminar la clase, llevarme hasta el hotel, pues ella, que trabajaba en las oficinas de Swissair en Zúrich, disponía de coche.
-Eres muy amable, -Le dije. –Pero no tienes que molestarte, voy con varios compañeros que también están en el mismo hotel.
-No es molestia, yo vivo en los bloques que tiene la empresa para sus empleados al lado del hotel, además, creo que te vendrá bien no tener que cargar con la maleta.
Su insistencia venció mi leve oposición e hizo que por fin me decidiera a aceptar su amable ofrecimiento pues me parecía una descortesía el no acceder, cuando me lo había pedido de una forma tan innegable.
Como habíamos acordado, al terminar la clase salimos juntos mientras el resto de compañeros se dirigían en grupos hacia el hotel, nosotros nos dirigimos al “parking” donde Amalia tenia aparcado su coche, un Volkswagen golf de color rojo, subimos y en pocos minutos, me dejaba en la puerta del hotel Holiday Inn, donde el resto de los cursillistas también se hospedaban. Mientras yo trataba de despedirme hasta el dia siguiente de la compañera que también me había tratado sin sospechar ni la mas mínima intención por parte de ella de algún tipo de interés hacia mi, vi como mis compañeros, que andando iban llegando al tiempo que nosotros en pequeños grupos.
-Gracias Amalia, espero verte mañana en clase de nuevo. –Le dije como despedida.
-Yo vivo en esos bloques bajitos de ahí enfrente. –Dijo señalando con el dedo, una fila de bloques de viviendas todas uniformes. -¿Quieres venir a tomar algo? –Amplió como contestación a lo que yo había considerado como mi adiós momentáneo.
A fuer de sincero, tengo que reconocer que me quede agradablemente sorprendido, pues no podía pensar, que una joven que a mi me parecía francamente agraciada, y que a buen seguro no tendría ningún tipo de problema para lograr que cualquier otro colega la acompañara a tomarse algo con ella en su casa, me lo propusiera precisamente a mi. Me quede pensando un rato, en como salir de aquella situación, que aunque agradable en cualquier caso, a mi me resultaba ciertamente confusa y desconcertante.
-Te lo agradezco mucho Amalia. –Le dije y para mostrarla mi reconocimiento por su invitación y no mi rechazo añadí:
-He quedado para cenar con otro compañero de Málaga que precisamente esta en otro cursillo.
-Bueno y ¿puedo ir yo también con vosotros?
-Si claro, no creo que a Ángel le importe, al contrario le encantara conocerte y que nos acompañes, ¡como no! –Espéranos aquí mismo dentro de una hora.
-Vale hasta luego entonces.
-Hasta luego Amalia.
Subí a mi habitación y trate de ponerme en contacto con Ángel Reyna, un compañero de Málaga, al que conocía bastante por haber coincidido con el en cursos en otras ocasiones, desde luego que yo no había quedado con él para la cena, pero si vernos para tomar unas copas en la habitación, como hacíamos siempre en estas situaciones, para planear que hacíamos durante el tiempo que nos quedaba por delante hasta la hora de la recogida, yo simplemente se lo había expuesto así a Amalia, con el fin de tener una excusa y evitar la cita que me propuso.
Una vez en mi habitación y tras soltar el cartapacio que llevaba bajo el brazo y colocar la maleta adecuadamente, tome el cubo de hielo que al igual que los vasos, ponían en todas las habitaciones de tan lujosos hotel como nos alojaba la empresa, saque de mi equipaje la botella de “Ballantines”, que como siempre que iba a un cursillo, compraba en la tienda libre de impuestos de Aeropuerto, y salí con dirección a la habitación de mi compañero. Antes de llegar a su cuarto, me detuve un momento para llenar el cubo en la maquina expendedora de hielo que hay en cada pasillo del hotel para aquellos clientes que lo requieran. Con el cubo de hielo en una mano y la botella de “whisky” en la otra, me las apañe como pude para llamar decidido a la puerta de la habitación, donde yo sabia que estaba Ángel.
-Soy yo, Alfredo. –Me identifiqué nada mas oír la voz de Ángel preguntando quien era desde el otro lado de la puerta.
Cuando me franqueó la entrada, me encontré a mi amigo y compañero con signos evidentes de haber salido de la ducha recientemente.
-Me estaba duchando, siéntate y espérame un momento.
No le pasó inadvertido los utensilios que yo llevaba en la mano y ya, desde el cuarto de baño de nuevo, supongo que para terminar con su aseo personal, me convino a servir unas copas.
-Veo que has venido preparado, sirve mientras acabo.
Yo, tomando los vasos que había dispuestos sobre la mesa escritorio de la habitación, puse con la mano y sin criterio alguno, unos cuantos cubitos de hielo en cada uno, y dejé caer un chorrito del dorado y liquido elemento sobre cada vaso. Al poco vi aparecer a Ángel, que aunque en paños menores todavía, estaba más que preparado para degustar el “whisky” que con sosiego y entre las cristalinas piedras de hielo, se enfriaba paciente en el inmóvil vaso.
-Te he visto llegar muy bien acompañado. –Me espetó de sopetón, tras dar un corto y primer sorbo.
-Si, es una compañera de curso que se ha empeñado en traerme en coche hasta el hotel, por aquello de ayudarme, pues portaba con la maleta.
-¡Joder!, que suerte tienes.
Aunque yo sabía muy bien el porqué de su expresión, me hice deliberadamente el desentendido.
-¿Suerte?, ¿Por qué?
-¡Hombre!, cuando te mandan a un curso de estos petardos, donde solo te dan la tabarra, lo mejor que te puede pasar, es que te enrolles con una tía, y que contra mas buena este, mejor semana pasas.
Yo me imaginaba, que el verme llegar con Amalia, iba a crear unas ciertas expectativas entre mis compañeros y que aunque muy lejos de mi intención, no iban a ser fácilmente explicables, por lo que tenia decidido antes de intentar dar una serie de comentarios al hecho, asumir cualquier tipo de juicios que pudieran hacerse.
-¿Tu crees que me he enrollado con ella?
Ángel se me quedo mirando, callado, con un aire de sonrisa cómplice en su rostro.
-Si Ángel, le largué cortando su sarcástica mueca.
-¡Crees que me he enrollado con Amalia? –Repetí.
-¡Ah!, ¿se llama Amalia? –Dijo Ángel casi mordaz.
-Pues si, se llama Amalia y es española. –Le aclaré tranquilo, pero adoptando una expresión reticente.
-Enhorabuena, no podías haberlo hecho mejor. –Ironizó.
-Y además es paisana. –Continuo Ángel mascullando casi para sus adentros, pero con intención clara de dejarse oír mientras apuraba su vaso.
Yo quería sobre todo, dejar claro que no era ningún merito mio el haber “contactado” con esa joven, es mas quería hacer ver a Ángel, que aparte del interés que pudiera tener como compañera de curso, no había ninguna otra intención por mi parte tal como el sospechaba
-¿De verdad Ángel, crees que yo me he enrollado con Amalia? –Insistí.
Ángel, por primera vez, adoptando ahora una expresión complaciente y comprensiva paso su brazo por encima de mi hombro y de forma amigable dijo:
-Parece que quisieras disculparte ¡Coño!, ¡Ojala Me hubiera pasado a mí!
Yo le clavé mi mirada y me quedé un instante, quizás un solo segundo, mirándole fijamente a los ojos y pensando que podria decirle para convencerle que nada de lo que el pudiera imaginarse estaba sucediendo era tan claro.
-¿Me has dicho que ojala te hubiera sucedido a ti?, -Pues mira por donde, te voy a facilitar el amaño, -Le dije desenfadado y añadí: -He quedado para ir a cenar con ella, y la he informado que nos acompañarías.
-¿Tu quieres que vaya yo con vosotros? –Pregunto Ángel incrédulo.
-Si, ¿Que pasa?
-¡Ah!, yo encantado, pero no te molestes si después te piso el ligue.
-Pero, ¿De que ligue me hablas? Ángel. –Yo mi verdadero ligue lo tengo en Madrid, esperando a que termine este rollo de curso como tú dices. –Le dije para aclarar definitivamente cual era mi opinión con respecto a la velada que nos esperaba por delante.
Ángel se animo mucho mas a acompañarnos, al intuir que yo no seria un obstáculo a salvar en sus mas que supongo yo, aviesas intenciones con respecto a Amalia.
-Bien. –Dijo al fin. – ¿Cuando y donde hemos quedado?
-Dentro de un rato, abajo en la puerta del hotel.
Fue una reunión tranquila, estuvimos cenando en un restaurante tipo suizo y posteriormente Amalia nos ofreció un pequeño paseo turístico en su coche por la ciudad.
A mi no me pasaron inadvertidas y supongo que a Amalia tampoco, las turbias “maniobras” de Ángel durante la velada, con el fin de llamar la atención de la joven que nos acompañaba, pero desgraciadamente para el, no dieron el fruto que esperaba, por fin al filo de las once, nos dejaba a ambos en el hotel de nuevo, mientras ella se dispuso a retirarse a su casa.
Al dia siguiente martes, fuimos de nuevo a cenar los tres, mientras yo me divertía observando las ilusas pretensiones de Ángel, me incomodaba también el ver como Amalia tan inútil como comedidamente, trataba de esquivar las disparatadas pretensiones de mi compañero, al fin y al cabo, había sido idea mía el que viniera y notaba que ella no estaba cómoda con esa compañía, por lo que me sentía culpable.
El jueves siguiente, víspera de concluir el curso y por tanto de mi regreso a Madrid, durante uno de los “breaks”, Amalia me propuso para esa noche, invitarme a cenar, pero me pidió por favor que no se lo comentara a Ángel. Yo entendía que ella se veía casi obligada a invitarme, pues las anteriores veces, como es costumbre entre nosotros, no la dejamos pagar y pensaba por un lado, que quizás se sintiese en deuda conmigo por ese motivo, y por otro, que debía redimirla por haber provocado el hecho de haber tenido que soportar a mi compañero durante dos jornadas sin habérselo ella propuesto.
-Bien no tengo inconveniente en salir contigo a cenar esta noche, -Le dije complacido.
-Entonces no se hable mas, te espero en mi casa a las nueve.
Yo no podía haberme imaginado que las pretensiones de ella, eran las de cenar en su propia casa, pero ya me había comprometido y no quería hacerla ver, que yo podria tener cualquier tipo de temor por eso que yo podria considerar un atrevimiento por parte de ella, pero que quizás lo hacia con la mejor disposición, y podía por tanto, sentirse ofendida, así que acepté.
-De acuerdo, estaré a las nueve en tu casa, dame la dirección.
-Mejor te recojo yo en la puerta del hotel, -Aclaró ella.
-De acuerdo, seré puntual.
Poco antes de la hora convenida, estaba ya esperando la llegada de ella. Al filo de las nueve, la vi aparecer, venia andando y recordé entonces que me había dicho en otra ocasión, que vivía muy cerca.
Amalia, según ella mismo me explicó, llevaba en Zúrich un cierto tiempo, trabajaba en Swissair en el departamento de carga aérea y vivía en unos bloques de casas, que la empresa había construido para sus empleados. Eran casas modestas pero bien construidas, en bloques de tres pisos con muros fuertes y macizos que previenen contra el intenso frio invernal y con una fuerte calefacción. Mientras ella se dirigía a la cocina para servirme una cerveza, me dio tiempo para examinar visualmente el piso que ella habitaba. Era pequeño, mas bien un apartamento que constaba de un salón amplio con relación al resto de las medidas del piso, y que era la pieza principal de la vivienda. Estaba decorado al estilo suizo con una mesa de pino maciza en el centro y unas cuantas sillas haciendo juego alrededor. Un pequeño sofá de dos plazas que me pareció cubierto con una funda estampada en color gris y un mueble de comedor con varios cajones donde tenia emplazado el televisor de dieciséis pulgadas. Las paredes decoradas con papel gris, que aunque a primera vista parecía liso, se observaban unos suaves motivos florales que apenas resaltaban del fondo. Unos cuantos cuadros bien distribuidos por las paredes y un reloj de cuco, que me llamó especialmente la atención por sus características, de las que resaltaba las agujas que giraban precisamente en sentido inverso, es decir hacia la izquierda. Por la derecha al fondo del salón, se abría un pequeño pasillo por donde pude descubrí dos puertas, una a la izquierda, la cocina donde Amalia había entrado para preparar unas cervezas, y otra enfrente, a la derecha donde tuvé que adivinar el baño. Durante mi observación, pude fijarme que dentro del mismo salón, a la izquierda y ocupando totalmente el ancho de este, como dividido por un escalón mas alto que el resto del aposento y cubierto por unas amplias cortinas, había algo que supongo estaría habitado como dormitorio.
Mientras estaba abstracto, mirando la casa desde el salón, y antes de que pudiera darme cuenta, vi aparecer ya a Amalia, con una bandejita donde portaba una cerveza, una Coca-Cola y un platito con diversos frutos secos. Nos sentamos en las sillas alrededor de la mesa de pino y nos dispusimos a degustarlas, momento que aproveche para intentar forjar una conversación.
-Tienes un piso muy bonito. –Le dije complaciente.
-No es gran cosa, pero estoy muy a gusto en el, es pequeño y fácil de arreglar.
-¿Estos pisos os los cede la empresa? –Pregunté
-Bueno, no exactamente los empleados que los solicitan los tenemos alquilados por una renta bastante accesible.
A mi no me resultaba fácil entender porqué una muchacha con la belleza que desplegaba Amalia, vivía aparentemente sola, me tenia intrigado esa circunstancia y no dude en preguntarla, al fin y al cabo, de cualquier cosa tendríamos que hablar mientras se terminaba de preparar la cena.
-No te aburres viviendo sola. –Le pregunté ya decidido.
-Bueno, no me aburro, salgo mucho con amigas y además tengo a mi chico.
-¡Ah!, ¿vives en pareja? -le pregunté resuelto
-Si, vivo con mi novio aunque ahora está fuera, de viaje, él trabaja también en Swissair y ha sido trasladado a Buenos Aires por seis meses.
Yo cada vez estaba más sorprendido y mas intrigado, por lo que no cesaba de preguntarla.
-¿Y le queda aun mucho para regresar?
-Si, creo que cuatro meses todavía, si es que no deciden prorrogarle por mas tiempo. –Me dijo resignada.
-Que cosa más rara, ¿Por qué le han trasladado a Buenos Aires precisamente?
A mi me resultaba francamente insólito ese traslado, pues la empresa, no solía hacer ese tipo de permutas.
-Es que Horacio, es de procedencia Argentina. –Me aclaró y prosiguió: -Y lo solicitó para poder estar en casa con sus padres una temporada.
-¿Tendrás ya ganas de que vuelva? –Le pregunté cambiando ya el rumbo de la conversación.
-Pues imagínate.
-Si, claro que me lo imagino, -Y para dar más consistencia a mi manifestación, agregué: -Fíjate que hace solamente cuatro días que falto de mi casa y ya estoy deseando que llegue mañana para volver con los míos.
-Entonces, ¿Es esta la ultima noche que pasas en Zúrich?
-Por esta vez si, quizás tenga que volver dentro de un mes o mes y medio.
-Amalia, sentada delante de mí, dio un largo sorbo al vaso de Coca-Cola que tenia delante y dejo caer:
-Te iba a pedir que pasaras el fin de semana conmigo, pero viendo las ganas que tienes de volver a tu casa, creo que no vas a aceptar.
Yo me quedé un instante sin poder reaccionar, instintivamente, tome también mi vaso de cerveza y di un largo pero lento sorbo con el fin de ganar tiempo a pensar interiormente en algo para responder que no hiciera mella en su sensibilidad, mi carácter retraído y hasta tímido en el fondo, no estaba acostumbrado a situaciones así, y creía necesario poder salir airoso de esa tesitura sin menoscabar la sensibilidad de Amalia, yo comprendía que aunque fuera de mis limites, ella había tratado al fin y al cabo de mostrarme su amistad. Amalia, entonces y quizás no sabiendo interpretar la causa de mi lapsus, prosiguió incluso antes de que yo pudiera ni tan siquiera replicar nada, para decir:
-¿Quieres quedarte esta noche?
Ya no me causo gran sorpresa su propuesta, yo a pesar de mi timidez, era ya una persona tan madura que no podía pasar por alto que esa posibilidad llevaba flotando por el ambiente desde el mismo momento que acepte en ir a cenar a su casa, pero también sabia, o por lo menos vislumbraba, que no se propiciaría la situación si no la favorecía yo, pues mi experiencia, mi cultura y el ambiente en que se había desarrollado mi vida, me decía que estas cuestiones por regla general, era el hombre quien tomaba la iniciativa y en este aspecto, me sentía seguro, pues no iba a propiciar con mi comportamiento, a llegar a semejante circunstancia, quizás pase por alto, que ella por el tiempo que llevaba viviendo fuera, estuviera culturalizada de forma diferente, pues de otro modo, yo no podía entender tampoco que ella me propusiera pasar la noche en su casa, y mas teniendo incluso pareja, con el que al parecer convivía. De cualquier forma, la cuestión estaba planteada y sabia que debería salir de esta situación lo mas airoso posible, sin eludir la evidente realidad, pues solo los pávidos tratan de escapar de ella.
-No, Amalia sinceramente no puedo, -Le dije comprensivo y con la única intención de no mostrarme intolerante.
-Tu mejer no se iba a enterar, -me dijo tan tajante como convencida.
-Y, ¿Eso que cambia? – ¿Crees que seria capaz de mirarla a la cara después?
-¿Es que tu nunca has engañado a tu esposa? –Dijo casi sorprendida.
-No, nunca. –Repliqué tajante y recalqué:
-Además eso no seria engañarla, Amalia, eso seria mentirla.
-No. Alfredo no tendrías que mentirla, simplemente no tendrías que contarla nada. –Insistió ella.
-Si, tendría que contarla que hice algo diferente a lo que pretenderíamos y eso para mi es mentir.
Y para dejar claro lo que quería explicarla, agregué
-Mira Amalia, no se engaña a las personas que confían en ti, quien cree que engaña a quien no dice la verdad, simplemente se engaña a si mismo, y eso que para otros posiblemente sea considerado un engaño, para mi es decepcionar a las personas que confían en mi. –Además, -continúe cargándome de razón, -Quedarme aquí esta noche contigo, no iba a significar nada ni en tu vida ni en la mía y seria doloroso, doloroso al menos para mi, porque iba a traicionar a la persona que amo y que además he jurado fidelidad.
-Entiendo lo que quieres decirme. –Dijo Amalia tras haber atendido el razonamiento de mi rechazo a su propuesta, y continúo amable:
-Me consta que quieres mucho a tu mujer, y que sobre todo, que estas orgulloso de ella.
-Si, así es pero lo que no se, es si ella lo sabe, nunca se lo digo. –Contesté y proseguí ya dispuesto a dejar clara mi situación con respecto a mi esposa ante esa guapa joven a la que casi sin proponérmelo y amparado en el ambiente que se había creado. – ¿Sera por que siempre tuve su amor y nunca me sentí amenazado en este sentido?
-No creo que haga falta que se lo digas Alfredo, las mujeres siempre sabemos esas cosas y la tasa de cariño que nos ofrece nuestro compañero. –Y como queriendo dejar clara la situación que se había creado, y que obviamente ambos damos por concluida, dijo:
-Yo por mi parte te aseguro que puedo seguir siendo amiga tuya.
-Me alegro que lo entiendas Amalia, eres una mujer no solo muy hermosa sino también comprensiva y te aseguro que no hubiera querido dejar de ser tu amigo por esta cuestión.